Imagina que un amigo se ofrece a sostenerte la bici mientras pedaleas sin manos. Funciona, así que empiezas a mirar a tu alrededor, a saludar, a relajarte. De repente aparece un auto estacionado, tu amigo no lo ve, y tienes una fracción de segundo para agarrar el manubrio que te dijeron que podías soltar. Ese es el trato que ofrece la conducción sin manos. La máquina hace la parte fácil y le deja la difícil a una persona a la que acaba de enseñar a dejar de prestar atención.
Por eso es tan grave: todo sistema de asistencia a la conducción todavía necesita que un humano corrija sus errores, y rápido. Venderlo como "manos libres" saca a ese humano del diseño mientras sigue contando con él. Hay tres muertos, y una agencia federal apenas ahora pregunta por qué. El control de seguridad debería llegar antes de los choques, no después.
