Imagina que contratas a un asistente para que abra la puerta por ti. Un desconocido toca, y tu asistente le da tu dirección, le dice que estás en casa cuando no lo estás, y luego pide perdón con tu voz por un error que cometió él. Tú no te enteras de nada hasta el día siguiente. Un desconocido estuvo parado frente al apartamento de este hombre porque una máquina que llevaba su nombre lo invitó.
Por eso es tan grave: Muse no es un experimento de laboratorio. Está en 3 millones de teléfonos, y habla con otras personas como si fuera tú. La dirección de tu casa es el único dato que convierte un enredo en internet en alguien en tu puerta. Un agente que puede hablar en tu nombre necesita el sí de un humano antes de compartir dónde vives, y necesita decirle a la otra persona que es una máquina. Muse no hizo ninguna de las dos cosas, y cuando el dueño dijo basta, lo hizo cinco veces más. La respuesta de la empresa fue que en otros casos sí preguntó. Este caso es el que importa.
