Hay una respetada organización internacional —la OCDE, que vigila las economías del mundo— que cuenta en silencio con qué frecuencia los sistemas de IA fallan y causan daño. En un solo mes, enero de este año, contabilizaron 435 de estas fallas. Y no fue un pico anómalo; el conteo mensual lleva un buen rato situándose por encima de 300. No son predicciones ni hipótesis aterradoras. Son desastres reales y documentados, que ocurren todos los días, en toda clase de industria.
Por qué importa: junto a ese marcador creciente, sigue sin haber un reglamento obligatorio: ninguna ley que obligue a las empresas a tener un humano que revise lo que hacen estos sistemas, ninguna responsabilidad real con dientes. La tecnología se está implementando mucho más rápido de lo que alguien está levantando barreras de protección.
Entonces, ¿en qué te afecta? Cada número en ese marcador es un momento en que una máquina tomó o moldeó una decisión —sobre un préstamo, un reclamo, un expediente, una persona— sin que nadie la vigilara de verdad. Más de trescientos al mes, y subiendo. Lo inquietante no es solo que esté pasando; es que alguien lleva la cuenta con cuidado, y casi nadie a cargo está leyendo el conteo. Tú y tu familia están viviendo dentro de esa brecha.
